miércoles, 22 de marzo de 2017

Albert Cohen / Spot



Albert Cohen
Spot


Hace unos días leí en el Daily Telegraph (lo compro de vez en cuando para no perder contacto con Inglaterra) que Spot, un bastardo negro y blanco, acostumbraba a ir a esperar a su amo cada tarde a las seis, a la parada del autobús, en Sevenoaks. (Demasiadas a. Revisar la frase.)Bien, pues el miércoles por la tarde, como no bajó su amo del autobús, Spot no se movió de la parada y se pasó toa la noche esperando en la carretera, en medio del frío y la niebla. Un ciclista que lo conocía bien, y que lo había visto poco antes de las seis, se lo encontró a las ocho de la mañana del día siguiente, sentado en el mismo sitio, aguardando pacientemente a su amo, pobrecillo. Al ciclista le dio tanta pena que compartió sus bocadillos con Spot y se apresuró a dar aviso al instructor de la Sociedad Protectora de Animales de Sevenoaks. Tras indagarse, se averiguó que el dueño de Spot había muerto de repente en Londres el día anterior, fulminado por un ataque al corazón. El períodico no daba pormenores. 

Albert Cohen
Bella del Señor
Anagrama, Barcelona, 1987, p. 13




lunes, 13 de marzo de 2017

JPB / El hilo rojo


JPB
EL HILO ROJO

Fue la abuela la que me contó la leyenda de la Fuente la Vega. Por lo visto, dentro de la fuente vive una ninfa que se dedica a pescar niños. Cuando nota que andan cerca, arroja un hilo rojo desde dentro. Si algún niño curioso coge el hilo, se le arrolla al brazo con fuerza, como un tentáculo de lana, y la ninfa lo arrastra a lo hondo de la poza.

En mi última visita al pueblo me decidí a acercarme hasta la Vega. Fue muy decepcionante. La famosa fuente no es más que un abrevadero de ganado, cubierto de verdín y rodeado de bostas. La ninfa tampoco era nada del otro mundo. Una vez que las metes en formol son todas parecidas.


JPB nació en Valladolid,, España, en 1981. Doctor en Filología Clásica por la Universidad de Valladolid. Actualmente trabaja como Teaching Assistant en la University de Iowa, en Iowa City (EE.UU.). He publicado los poemarios 'Lugares comunes' (Sevilla, Universidad de Sevilla, 2008) y 'La Nave' (Almería, El Gaviero, 2012).



miércoles, 8 de marzo de 2017

JPB / Once metros



JPB
Once metros

Y entonces, justo entonces, justo antes de que las puntas enguantadas de tus dedos se estiren hasta el límite, justo antes de que rocen el balón apenas de pasada pero lo suficiente como para hacer que éste se desvíe y que se estrelle contra el poste, entonces, justo entonces, comprendes que todo esto ya ha pasado, que no estás ya debajo del larguero, que el cuero dirigido hacia tu cuerpo ya no es cuero, sino plomo, que, en fin, no va haber forma de que puedas parar este último disparo.



sábado, 4 de marzo de 2017

JPB / Cámara de gas


JPB
Cámara de gas

Al principio fue algo breve y nebuloso, más cercano al tacto o al olfato que a la vista. De pronto, subiendo la escalera, un peso terrorífico en las manos, como si en lugar de fruta y mortadela hubiera piedra y yunques en las bolsas de la compra, y luego un gusto a barro y sangre seca al fondo de la lengua. O, en el trastero, sentir durante dos o tres segundos las manos atadas a la espalda y un agua helada hiriendo los tobillos.

Después se fue volviendo más preciso, más largo, más frecuente. Recuerdo el coche convirtiéndose en un tren, la ventanilla en un hueco entre dos tablas, la calle y los semáforos en los campos helados de Polonia. Por fin irrumpió en casa: mi cuarto se fue haciendo un barracón, mi cama una litera compartida con seis presos escuálidos.

El último lugar ha sido el baño. Mañana, cuando encuentren mi cuerpo en la bañera, dirán que fue un desmayo y que me ahogué. Y no podrán saber, como yo sé, que no va a ser el agua lo que anegue mis pulmones, ni la pera de mi ducha la que miren mis ojos antes de nublarse.


miércoles, 1 de marzo de 2017

JPB / Hic sunt leones



JPB
Hic sunt leones

Hic sunt leones, dijo el estudioso, satisfecho tras descifrar por fin la inscripción casi borrada por la erosión y el tiempo. Al día siguiente encontraron sus restos los cuidadores del zoológico.



viernes, 24 de febrero de 2017

Damaris Calderón / El hilo





Damaris Calderón

EL HILO



......... Trato de contar esta historia como mi madre usa el hilo.
......... Mi madre enrrolla el carretel en su dedo izquierdo, corta la hebra con los dientes y la puntada fluye. Pero mi historia se parte, y antes entrará el rico y el camello por el ojo de una aguja.
......... Como en la foto desvaída, siempre tengo un año y mi madre veintinueve, inclinada sobre mí, con el pelo cayéndole sobre la cara. La belleza de mi madre es de una intensidad dolorosa. Pero las enfermeras llegan y me salvan -a mí, para mi madre- del cierre del cordón umbilical.
......... Llamo historia al desgarrón para distanciarme. Mantengo la distancia precisa entre la aguja y el hilo, lo que va de una niña de un año a una anciana de veintinueve.
........ Trato de contar esta historia como mi madre.
........ Mi madre enrolla el carretel en su dedo izquierdo, corta la hebra con los dientes y la puntada fluye. Pero mi historia se parte, y antes entrara el rico y el camello por el ojo de la aguja.


MESTER DE BREVERÍA
Damaris Calderón / Duro de roer
Damaris Calderón / Intensidad

martes, 21 de febrero de 2017

Damaris Calderón / La intensidad



Damaris Calderón
LA INTENSIDAD



Eva Kruger tenía un nombre y unas tetas indudablemente alemanas. Un cuerpo, unos dientes fuertes y una cabeza y unas manos que gesticulaban con vehemencia. Un nombre para el amor (o para el pecado), sin embargo, su rostro mostraba siempre la impasibilidad de un asceta o un idiota. No era ninguna de las dos cosas, pero algo le faltaba: la intensidad.


La había visto en los ojos de los otros: los hombres y las bestias, y se sentía un monstruo, un animal sin especie definida.

Cuando se acostaba con su marido, a cuatro patas, como veía hacerlo a los caballos en el establo, resoplaba como una yegua. Pero era el dolor. No la intensidad.

¿Sería la intensidad tragarse el cielo a bocanadas, acostada en la yerba, mirando el techo de su cuarto como si las cuatro paredes no existieran?

Y cuando se cortaba un dedo y aparecía la sangre, pensaba: La intensidad, pero tampoco. 

Ni siquiera cuando estuvo en el hospital y las agujas entraban y salían de su cuerpo como las enfermeras de las habitaciones. Ni cuando le dijo a su marido: "Ponme la mano en el cuello" y le dio un ataque de asfasia, y vinieron los doctores y el oxígeno, y ella pensaba: "¡Qué alegría, me muero. Nunca hasta hoy respiré, nunca hasta hoy tuve pulmones!". Pero era un placidez, una vehemencia alucinada, no la intensidad. 

De tanto buscarla, de tanto convocarla con gestos premeditados, Eva Kruger se había vuelto insensible. Lo que era peor que lisiada o anorgásmica. 

-Dios mío, quítamelo todo, pero déjame sentir, déjame sentirme. 

.Cuando leía a los místicos perdía literalmente la cabeza: Santa Teresa y San Juan eran casi obscenos. Y Santa Hildergarda, con sus visiones. ¿Pero era la intensidad, o era literatura? 

Se le secaron las palabras, se le secó el gusto por la vida, se le secaron las tetas, al punto que ya no era reconocible su nacionalidad. 

Cuando la encontraron con los ojos en blanco, echando espuma por la boca, todavía no había alcanzado a comprender la ambicionada (y detestada) frase de Santa Catalina de Génova: "Si una gota de lo que yo siento cayera en el infierno, lo transformaría en el paraíso".





domingo, 19 de febrero de 2017

Damaris Calderón / Duro de roer



Damaris Calderón
DURO DE ROER

Hasta la quebradura de las rodillas, sus huesos habían sido siempre domésticos. Como los huesos de pollo que había visto en el caldo, en la sopa, cloqueando en el corral, antes de terminar triturados en los dientes del padre.
-Guárdame este hueso como hueso santo.

Y se sentaba en el portal, a chuparlos, comparándolos con las propias falanges. Y si le salía un orzuelo, el tío milagrero lo curaba con una peseta caliente o con un mate, y si una verruga, con la cruz de un hueso, que había que enterrar en el patio para que se pudriera. Como los otros.

La abuela se pudrió y quiso verlos a todos. Un racimo de plátanos para consuelo de una vieja: una familia.

Hasta que las rodillas se volvieron locas o se enfermaron de rabia y empezaron a morder lo que se les pusiera por delante.Y hubo que quitarle el bozal al perro y ponérselo en las piernas.






jueves, 16 de febrero de 2017

Beatriz Russo / La habitación


Beatriz Russo
LA HABITACIÓN

Ella entró en la habitación y se miró en el espejo.

Después abrió un cajón, sacó una fotografía antigua y pensó:

Ya falta menos para que no nos parezcamos en nada.



miércoles, 1 de febrero de 2017

William Shakespeare / Caballos


William Shakespeare
CABALLOS
Traducción de Ángel-Luis Pujante


Dicen que se devoraron entre sí.


William Shakespeare
Macbeth

 Acto Segundo, Escena IV
Libros del Zorro Rojo, Barcelona - Buenos Aires, 2012, p. 60





HORSES
by William Shakespeare

'Tis said they eat each other.

Macbeth
Act II, Scene IV
The Complete Works of William Shakespeare
RacePoint Publishing, New York, 2014, p. 865




lunes, 30 de enero de 2017

William Shakespeare / Sangre

Ilustración de Ferenc Pintér

William Shakespeare
SANGRE
Traducción de Ángel-Luis Pujante


¿Quién iba a pensar que el viejo tendría tanta sangre?


William Shakespeare
Macbeth

 Acto Quinto, Escena I, p. 123
Libros del Zorro Rojo, Barcelona - Buenos Aires, 2012





 BLOOD
by William Shakespeare

Yed who would have thought the old man to have had so much blood in him?         

Macbeth
Act V, Scene I
The Complete Works of William Shakespeare

RacePoint Publishing, New York, 2014, p. 880



lunes, 23 de enero de 2017

Milton Glaser / El conejo y el carnicero

Ilustración Akitaka Ito.

Milton Glaser
EL CONEJO Y EL CARNICERO

Un carnicero estaba abriendo su negocio una mañana y mientras lo hacía un conejo asomó su cabeza a través de la puerta. El carnicero se sorprendió cuando el conejo preguntó: «¿Tiene repollo?». El carnicero dijo: «Esta es una carnicería, vendemos carne, no vegetales». El conejo se fue saltando. Al día siguiente el carnicero estába abriendo su negocio y el conejo asomó su cabeza y preguntó: «¿Tiene repollo?». El carnicero ahora enojado le respondió: «Escúchame, pequeño roedor, te dije ayer que vendemos carne, no vegetales, y la próxima vez que vengas por aquí te voy a agarrar del cuello y clavaré esas orejas flojas al suelo». El conejo desapareció precipitadamente y nada sucedió durante una semana. Entonces una mañana el conejo asomó su cabeza desde la esquina y preguntó: «¿Tiene clavos?». El carnicero dijo: «No». Entonces el conejo dijo: «¿Tiene repollo?».






sábado, 21 de enero de 2017

Rubem Fonseca / Asfalto derretido



Rubem Fonseca
ASFALTO DERRETIDO

El hombre no decía ni palabra, la cartera del dinero en su mano tendida. Cogí la cartera y la tiré al aire y cuando iba cayendo le largué un taconazo, así, con la zurda, echándola lejos.

Le até las manos a la espalda con un cordel que llevaba. Después le amarré los pies.

Arrodíllate, le dije.

Se arrodilló.

Los faros iluminaban su cuerpo. Me arrodillé a su lado, le quité la pajarita, doble el cuello de la camisa, dejándole el pescuezo al aire.

Inclina la cabeza, ordené.

La inclinó. Levanté el machete, sujeto con las dos manos, vi las estrellas en el cielo, la noche inmensa, el firmamento infinito e hice caer el machete, estrella de acero, con toda mi fuerza, justo en medio del pescuezo.

La cabeza no cayó, y él intentó levantarse agitándose como una gallina atontada en manos de una cocinera incompetente. Le dí otro golpe, y otro más y otro, y la cabeza no rodaba por el suelo. Se había desmayado o había muerto con la condenada cabeza aquella sujeta al pescuezo. Empujé el cuerpo sobre el guardabarros del coche. El cuello quedó en buena posición. Me concentré como un atleta a punto de dar un salto mortal. Esta vez, mientras el cuchillo describía su corto recorrido mutilante zumbando, hendiendo el aire, yo sabía que iba a conseguir lo que quería. ¡Broc!, la cabeza saltó rodando por la arena. Alcé el alfanje y grité: ¡Salve al Cobrador! Di un tremendo grito que no era palabra alguna, sino un aullido prolongado y fuerte, para que todos los animales se estremecieran y se largaran de allí. Por donde yo paso, se derrite el asfalto.